El pasado 27 de mayo, Chile marcó un hito en la historia del trasplante renal con la realización del primer trasplante renal cruzado multicéntrico, procedimiento que permitió que cinco pacientes con enfermedad renal crónica avanzada accedieran a un trasplante gracias al intercambio de donantes vivos compatibles. En este inédito proceso participaron los hospitales Barros Luco Trudeau, del Salvador, Sótero del Río y Guillermo Grant Benavente de Concepción, junto a la Clínica Santa María, en una coordinación entre instituciones públicas y una privada.
Este importante avance fue posible gracias a años de trabajo clínico, científico y legislativo que culminaron con la promulgación de la Ley N.º 20.988, publicada en 2017, la cual modificó la Ley N.º 19.451 e incorporó la donación cruzada entre personas vivas. Actualmente, el reglamento que permitirá implementar este programa a nivel nacional se encuentra en su etapa final de tramitación por parte del Ministerio de Salud.
Una de las protagonistas de este proceso ha sido la Dra. Jacqueline Pefaur, nefróloga y especialista en trasplante renal, quien ha impulsado el desarrollo de la donación cruzada desde sus inicios y participó activamente en la concreción de este primer procedimiento. Profesora titular de la Universidad de Chile, expresidenta de la Sociedad Chilena de Nefrología y de la Sociedad Chilena de Trasplante, la Dra. Pefaur cuenta con una extensa trayectoria dedicada al desarrollo del trasplante renal en nuestro país.
Conversamos con ella sobre el significado de este hito, los desafíos que implicó su implementación y el impacto que tendrá esta nueva alternativa para los pacientes que esperan un trasplante renal en Chile.
¿Cómo es el proceso detrás de este tipo de trasplante cruzado?
A la fecha hemos realizado 23 trasplantes renales mediante donación cruzada, distribuidos en ocho ciclos de intercambio. Sin embargo, el último ciclo marcó un hito, ya que por primera vez logramos concretar cinco trasplantes cruzados de manera simultánea.
Los ciclos anteriores involucraban dos parejas de donante-receptor, es decir, dos donantes y dos receptores que eran trasplantados en forma coordinada. En cambio, este último correspondió a un ciclo cerrado de cinco parejas, lo que significa que los cinco donantes y los cinco receptores fueron intervenidos el mismo día, en horarios simultáneos o muy cercanos entre sí.
La jornada comenzó alrededor de las 7:00 de la mañana con las nefrectomías de los donantes. Hacia las 11:00 horas, los riñones ya estaban siendo trasladados a sus respectivos centros, tanto por vía terrestre como aérea. Los implantes renales se iniciaron aproximadamente a las 14:00 horas y, cerca de las 20:00 horas, todos los pacientes habían finalizado sus cirugías y se encontraban en recuperación. Hoy, afortunadamente, todos han sido dados de alta y evolucionan favorablemente en sus hogares.
La implementación de la donación cruzada en Chile ha sido el resultado de un trabajo colaborativo impulsado por el Dr. José Luis Rojas, en su calidad de Coordinador Nacional de Procuramiento y Trasplante, junto con la Dra. María Pía Rosati y la Dra. Jacqueline Pefaur, como integrantes de la Subcomisión de Trasplante Renal que asesora técnicamente a la Coordinación Nacional de Trasplantes del Ministerio de Salud.
Los primeros trasplantes cruzados se realizaron en diciembre de 2023, liderados por el equipo de trasplante renal del Hospital Barros Luco. Desde entonces, aproximadamente el 40% de las parejas evaluadas ha logrado acceder a un trasplante, lo que representa una oportunidad concreta para pacientes que, de otro modo, tendrían muy pocas posibilidades de recibir un órgano de un donante vivo.
El proceso es altamente estructurado. Una vez completado el estudio médico e inmunológico del donante y del receptor, cada pareja es presentada al Comité Nacional de Donación Cruzada, donde se valida su incorporación al programa. Posteriormente, la información es enviada al Instituto de Salud Pública (ISP), que, mediante un algoritmo y siguiendo un protocolo estrictamente establecido, identifica las combinaciones que permiten beneficiar al mayor número posible de pacientes.
Una vez confirmados los cruces, el trasplante suele programarse dentro del mes siguiente. En aquellos receptores que requieren un proceso de desensibilización inmunológica, este plazo puede extenderse aproximadamente un mes adicional. Posteriormente, los centros intercambian toda la información clínica y quirúrgica relevante de los órganos y coordinan simultáneamente pabellones, equipos médicos, transporte y logística.
Todo este proceso requiere una coordinación extremadamente precisa y ha sido posible gracias al trabajo de la Coordinación Nacional de Procuramiento y Trasplante del Ministerio de Salud, liderada por el Dr. José Luis Rojas, con una labor fundamental de la enfermera coordinadora Carolina Oshiro, cuyo trabajo organizativo ha sido clave para el éxito de estos procedimientos de alta complejidad.
¿Cómo les cambia la calidad de vida a estos pacientes que reciben un riñón?
El trasplante renal es, por lejos, la mejor terapia de reemplazo renal. Es superior tanto a la hemodiálisis como a la diálisis peritoneal, no solo porque aumenta la expectativa de vida —en promedio, alrededor de diez años más respecto de quienes permanecen en diálisis—, sino porque mejora de manera muy significativa la calidad de vida. Un paciente trasplantado puede recuperar gran parte de su autonomía, dejar de depender de sesiones de hemodiálisis tres veces por semana o de los recambios de diálisis peritoneal y reincorporarse a su vida familiar, laboral y social. En definitiva, el trasplante no solo entrega más años de vida, sino también más vida a esos años.
Para que una persona pueda recibir un trasplante renal deben superarse tres barreras inmunológicas fundamentales. La primera es la compatibilidad del grupo sanguíneo; la segunda corresponde a la compatibilidad del sistema HLA, que constituye la identidad inmunológica de cada individuo; y la tercera es demostrar que el receptor no presenta anticuerpos capaces de atacar específicamente al órgano del donante, lo que evaluamos mediante el crossmatch y la búsqueda de anticuerpos donante-específicos.
Existen pacientes que están altamente sensibilizados, es decir, que han desarrollado una gran cantidad de anticuerpos, generalmente como consecuencia de embarazos, transfusiones o trasplantes previos. Para ellos, encontrar un donante compatible puede ser extremadamente difícil, incluso teniendo un donante vivo dispuesto a donar.
En estos casos disponemos de la terapia de desensibilización, cuyo objetivo es disminuir o eliminar esos anticuerpos para hacer posible un trasplante seguro. Se trata de un tratamiento altamente especializado y complejo, que requiere equipos con experiencia, y criterios de selección para estos candidatos ya que desde el inicio sabemos que estos pacientes presentan un mayor riesgo de rechazo especialmente mediados por anticuerpos y también de infecciones debido a la intensidad de la inmunosupresión.
La desensibilización amplía enormemente las posibilidades de trasplante y cobra especial importancia en los programas de donación cruzada, ya que permite que un paciente pueda recibir el riñón de otro donante compatible cuando su propio donante vivo no lo es, aumentando significativamente las probabilidades de éxito.
El trasplante renal probablemente sea uno de los mejores ejemplos de medicina colaborativa. Detrás de cada paciente trasplantado existe un equipo enorme y altamente coordinado. Participan los propios pacientes y sus familias, los equipos de procuramiento, los coordinadores de trasplante, los conductores que trasladan los órganos, las enfermeras, arsenaleras, pabelloneras, anestesiólogos, cirujanos, nefrólogos, inmunólogos, laboratoristas, personal administrativo y muchos otros profesionales.
Cada uno cumple un rol indispensable y el éxito depende de que todas las piezas funcionen en perfecta sincronía. Por eso siempre digo que el trasplante requiere no solo conocimiento técnico y organización, sino también compromiso, vocación y una verdadera mística de trabajo. Cuando todos esos elementos se unen, es posible lograr hitos como el que recientemente vivimos en Chile y, lo más importante, ofrecer una nueva oportunidad de vida a nuestros pacientes.
Doctora, ¿Cuál es el elemento o situación que más valoran los pacientes una vez que son trasplantados?
Les cambia la vida. Esa es probablemente la frase que más escuchamos de nuestros pacientes. Recuperan su libertad: pueden viajar, volver a trabajar, compartir con su familia y planificar su futuro sin estar condicionados por la diálisis.
También recuperan la posibilidad de alimentarse con mucha mayor normalidad. Durante los primeros tres meses eso sí , recomendamos una alimentación segura, con todos los alimentos bien cocidos y en el futuro evitar para siempre los productos de alto riesgo, como carnes, pescados, mariscos crudos , debido a la inmunosupresión.
Pero el cambio va mucho más allá de lo físico. Recuperan el color de la piel, desaparece el cansancio permanente, vuelven a tener energía y proyectos. Muchos retoman su trabajo, otros vuelven a estudiar, cursar un embarazo o simplemente pueden disfrutar de actividades tan cotidianas como salir con sus hijos o nietos sin depender de una máquina de diálisis.
Hay una frase que muchos pacientes nos dicen y que resume muy bien lo que significa un trasplante: "Siento que volví a nacer". Creo que esa expresión refleja mejor que cualquier estadística el verdadero impacto que tiene un trasplante renal en la vida de una persona.
La Dra. Jacqueline Pefaur comenta que llegó a la nefrología "por accidente". A comienzos de la década de 1980, mientras se desempeñaba como médica general de zona en Coquimbo, el Hospital San Pablo recibió una máquina de hemodiálisis como donación. En esa época el acceso a diálisis era muy limitado en Chile y el hospital decidió enviarla a capacitarse. Ella eligió el Hospital Barros Luco Trudeau por su reconocida tradición en nefrología.
Esa decisión marcaría el resto de su vida profesional. Tras completar su formación, regresó a Coquimbo y, en 1982, lideró la creación del primer centro de diálisis de la Región de Coquimbo, permitiendo que pacientes con insuficiencia renal pudieran acceder a tratamiento sin tener que trasladarse a Santiago.
Posteriormente realizó su especialización en Medicina Interna en el Hospital San Borja Arriarán y su beca de Nefrología en el Hospital Barros Luco Trudeau, institución en la que desarrolló gran parte de su carrera profesional. Llegó a ser jefa del Departamento de Nefrología, cargo que desempeñó por cerca de 20 años y hasta fines de 2019. Durante ese período contribuyó al crecimiento del servicio, formó a numerosas generaciones de nefrólogas y nefrólogos e impulsó la incorporación del primer programa de diálisis peritoneal institucional público en 2007, cuando esta modalidad aún no estaba disponible en el sistema público sino tan solo en el privado.
Su experiencia también la llevó a colaborar con el Ministerio de Salud en estos últimos años como asesora técnica en materias de salud renal y trasplante, participando en el desarrollo de políticas públicas y estrategias nacionales para mejorar el acceso a estas terapias.
En el ámbito privado trabajó en Clínica Las Condes y, luego desde el 2010, se incorporó a Clínica Santa María como jefa del Programa de Trasplante Renal. Allí participó en la creación y consolidación del Centro de Trasplante, que actualmente desarrolla programas de trasplante renal, hepático, pulmonar y cardíaco. Asimismo, impulsó el primer programa de trasplante simultáneo de riñón y páncreas, alcanzando cerca de 80 trasplantes renopancreáticos, constituyéndose en uno de los programas con mayor experiencia del país.
A lo largo de su trayectoria ha promovido permanentemente la colaboración entre el sistema público y el privado, convencida de que la transferencia de conocimiento, la formación de equipos y el trabajo en red son fundamentales para ampliar el acceso de los pacientes a terapias de alta complejidad. En ese contexto, considera que el desarrollo de programas como la donación cruzada y el trasplante renopancreático son ejemplos concretos de cómo esa colaboración puede traducirse en mejores oportunidades y mejores resultados para los pacientes.
¿Qué destacaría de toda esa trayectoria como un hito clave en su vida profesional?
Es difícil elegir uno solo, porque cada etapa ha significado un desafío distinto y todas han sido muy importantes para mí.
Si tuviera que mencionar algunos hitos, partiría por la creación del primer centro de diálisis de la Región de Coquimbo en 1982. Fue mi primera gran responsabilidad y me permitió entender que la medicina también consiste en crear oportunidades donde antes no existían.
Posteriormente, haber contribuido a desarrollar el Departamento de Nefrología del Hospital Barros Luco Trudeau, donde fui jefa durante cerca de veinte años. En ese período logramos fortalecer el equipo, formar a numerosas generaciones de nefrólogas y nefrólogos e incorporar la diálisis peritoneal como alternativa terapéutica en el hospital público, algo que hasta ese momento no existía.
Otro hito importante fue desempeñarme como directora del Departamento de Medicina Interna de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, sede Sur, y contribuir desde la docencia a la formación de nuevos especialistas.
En el ámbito del trasplante, sin duda destaco la creación y consolidación del programa de trasplante renal de la Clínica Santa María, el desarrollo del programa de trasplante simultáneo de riñón y páncreas y, más recientemente, haber participado en la implementación del programa nacional de donación cruzada, que hoy ya está cambiando la vida de pacientes que antes prácticamente no tenían posibilidades de trasplantarse.
También valoro profundamente haber presidido la Sociedad Chilena de Nefrología y la Sociedad Chilena de Trasplante, haber participado en investigación, docencia y en la elaboración de políticas públicas desde el Ministerio de Salud. Son experiencias distintas, pero todas con un mismo propósito: mejorar las oportunidades de tratamiento para los pacientes con enfermedad renal.
Al final, más que los cargos o los reconocimientos, creo que lo más importante ha sido haber podido construir equipos y dejar programas funcionando que seguirán beneficiando a muchas personas en el futuro.
Si retrocedemos en el tiempo, al momento de elegir su especialidad, ¿volvería a elegir la nefrología?
(Ríe). ¡Ufff... no lo sé! Ha sido un camino muy intenso y muy exigente.
Lo que sí tengo claro es que volvería a elegir ser médico. De hecho, cuando era joven pensaba estudiar Física Nuclear, pero la vida me llevó por otro camino y no me arrepiento.
Siempre he creído que cuando uno aprende a hacer bien algo, termina apasionándose por ello. Eso me pasó con la nefrología. Me gusta la medicina, me gusta el trasplante, me gusta enfrentar casos complejos, formar equipos, enseñar y, sobre todo, acompañar a los pacientes en momentos tan importantes de sus vidas.
Así que sí, después de todos estos años, puedo decir que sigo disfrutando profundamente lo que hago. Continúo sintiendo la misma emoción cada vez que un paciente recibe un trasplante y veo cómo recupera su vida. Esa sensación sigue siendo tan gratificante como el primer día.
Me gusta la medicina, me apasiona lo que hago y, a pesar del paso de los años, sigo sintiendo el mismo entusiasmo y la misma emoción por mi trabajo que cuando comencé.